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¿Por qué Edwin Cardona sí se merecía la sanción de la Fifa?

252512-13-05

Haberle perdonado al jugador de la selección Colombia el gesto discriminatorio hacia un contrincante de Corea era lo mismo que justificar siglos de racismo. Aunque ofreció excusas y podrá ir al Mundial, la sanción marca un precedente.

Que fue un acto mínimo, una rabieta infantil de Edwin Cardona en el calor de un partido enturbiado por el juego brusco, dijeron algunos. ¿Fue así? El 10 de noviembre, Colombia se enfrentaba a Corea de Sur, en un partido amistoso en el que no fluían ni el talento ni las jugadas destellantes.

Hacia el minuto 60 comenzó la bronca. En un choque, James Rodríguez y un jugador de Corea cayeron al piso. El 10 tomó de la camiseta a su adversario y lo levantó del suelo con alevosía, sin nada de respeto, hay que decirlo. Los rojos reaccionaron, empujaron a James y James se lanzó a la grama como si hubiese recibido un knockout en la mitad de un cuadrilátero. Cosas del fútbol, comentaron los que dicen que saben.

Y fue cuando Cardona entró en escena. Rabioso, sin medirlo lo suficiente tal vez, actuó con ese gesto que le generó una sanción de cinco fechas sin poder jugar partidos amistosos, más una multa de 60 millones de pesos. Con sus dedos, Cardona se estiró sus propios ojos hacia las esquinas, a modo de mueca, de esas que podría hacer un niño en el patio del colegio. Pero no fue en un ámbito privado. Lo hizo delante de millones de personas que veían a esa hora la televisión. En otras palabras, el colombiano le hizo “ojitos chinos” a un rival, como dijo un comentarista argentino en la transmisión del partido. Pero con el acto, Cardona les recordó a los de Corea, de paso, que eran de otro mundo, de otro fenotipo, de otra raza.

¿Fue con intención? ¿Sabía Cardona de la gravedad de su acción? ¿Fue tan infantil como lo pintaron algunos hinchas? Cardona, ese pelao salido de las humildes canchas de Belén Buena Vista en Medellín, grabó un video y ofreció excusas. “No fue mi intención faltarle el respeto a alguien, a un país o a una raza (…) No soy de conflictos”, dijo.

Y hubo controversia, claro. Qué no fue tan grave, se leía en ciertos trinos. Que no era para tanto, decían otros. También aparecieron quienes lo lapidaron en redes sociales y no dejaron ni el pellejo.

Pero el tiempo pasó y llegó la sanción de parte de la Fifa. Cardona había violado el artículo 58 del código de disciplina que dice: “el que mediante actos o palabras humille, discrimine o ultraje a una persona o a un grupo de personas en razón de su raza, color de piel, idioma, credo u origen de forma que atente contra la dignidad humana será suspendido por un mínimo de cinco partidos”.

La sanción se ajusta a lo que dice expresamente el reglamento. Y el jugador nacido en Medellín y ahora estrella del Boca Juniors de Argentina podrá pagar la penalidad en juegos amistosos. Y seguramente irá al Mundial de Rusia. Y no pasará nada más. Todos lo olvidarán.

Pero, ¿por qué es tan grave en el mundo contemporáneo que se presenten hechos en los que media la discriminación? El tema es más hondo de lo que parece. Aunque lo de Cardona parece pequeño comparado con el daño que el racismo le ha hecho a la humanidad durante siglos, sí se trató de un símbolo que no se puede tolerar.

Según las Naciones Unidas, la exclusión racial y étnica impide el progreso de millones de personas en todo el mundo. Incluso, visto en perspectiva, el asunto va más allá. “El racismo y la intolerancia destruyen vidas y comunidades por medio de sus diversas manifestaciones, desde privar a las personas de los principios fundamentales de igualdad y no discriminación, hasta propiciar el odio étnico. La lucha contra el racismo es una prioridad para la comunidad internacional y es parte esencial de la labor de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos”. En otras palabras, la prohibición de la discriminación racial está consagrada en todos los instrumentos principales de los derechos humanos. Y en eso hay un consenso sin objeciones.

Haberle perdonado a Cardona su acto, ese que no pensó, que no premeditó, habría sido como aceptar que alguien vale más o vale menos por asuntos de raza. Habría sido como restarle importancia a la segregación que han sufrido las comunidades negras, las asiáticas, las de todos los colores. Incluso habría sido como minimizar la misma exclusión de la que han sido víctimas los colombianos alrededor del mundo entero. Admitir un solo hecho de racismo -uno solo- sería como darle la razón a Donald Trump cuando ha criminalizado a los mexicanos o al Islam; sería como comerse años de lucha antirracista como herramienta política.

¿Alguien aceptaría que a Nairo Quintana lo juzgaran o lo valoraran menos por sus raíces indígenas? ¿O por colombiano? El racismo existe y los ejemplos brotan de cuando en cuando en escenas cotidianas, la mayoría violentas. Casos se registran todos los días. Los hechos ocurren en el metro, en los andenes, en los estadios del mundo. Y no se puede, ni ahora ni nunca, pasarlo simplemente por alto.

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