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Sobre el difícil y preciado arte de escuchar

escuchar

“Existe la creencia de que hablar nos coloca en una posición social más destacada, es decir que si no hablamos no existimos”. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta.

“Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien”. Así nos reta Michael Ende en su novela “Momo”, en donde la peculiar protagonista tiene un don muy especial: sabe escuchar.

No escucha como quien oye, sino con una capacidad que asombra; Ende lo explica así:

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda su simpatía.

Como podemos imaginar, la capacidad de escuchar va más allá de solo oír al que habla, tal como observar se distancia de ver.

En ambos casos, una característica especial puede distinguirse: la atención. Escuchar de verdad y con atención es un sencillo proceso que nos traerá muchas satisfacciones (tanto a quien escucha como a quien es escuchado) y puede que nos sorprendan bastante los alcances de esta virtud.

En el libro de Erich Fromm, “El arte de escuchar”, se enumeran algunas reglas sobre escuchar.

El libro está enfocado desde el punto de vista del Fromm terapeuta, sin embargo, no nos serán ajenos los lineamientos que resalta para refinar, como él nombra, el arte de escuchar:

La regla fundamental para practicar este arte es la completa concentración de quien escucha.

No debe tenerse nada importante en mente: se debe estar lo más libre posible de miedo y codicia.

Debe tener una imaginación espontánea y lo suficiente concreta como para poder expresarse en palabras.

Debe tener la suficiente capacidad de empatía con la otra persona para sentir como propia la vivencia del otro.

Esta empatía tiene como condición una gran capacidad de amar. Comprender a otro significa amarlo: no en sentido erótico, sino en el sentido de entregarse sin miedo a perderse.

La comprensión y el amor son inseparables. Quien trate de comprender sin amar se limitará a una operación cerebral y se cerrará la puerta a lo esencial de la comprensión.

Escuchar como fuerza creativa

Así pues, escuchar nos exige concentración, empatía y un alto grado de compromiso con la persona que está hablando. Cabe decir que no sólo se trata de poner toda nuestra atención en pláticas profundas sino que es una actividad que podemos practicar día a día y de la que podemos obtener muchos beneficios.

En el ensayo de la escritora Brenda Ueland, “On The Fine Art of Listening”, ella señala que existe la creencia de que hablar nos coloca en una posición social más destacada, es decir, que si no hablamos no existimos.

Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta. En los círculos más allegados como nuestros familiares y amigos, una persona que escucha es una persona muy valorada.

Ueland propone que escuchar es una fuerza creativa pues nos permite conocer el mundo, los sentimientos y sus consecuencias a través de otros. También nos permite ejercitar nuestra empatía y aprender de los demás mucho más de lo que imaginamos.

Otro de los grandes beneficios de escuchar radica en lo bien que se siente ser útil y que nos tengan confianza, es decir, ser alguien de ayuda.

Escuchar es una muestra del cariño que tenemos por las personas que nos rodean. Aun si la persona que habla no es muy cercana, los beneficios no son menos: sentirá confianza y comprensión. Elementos muy “magnéticos”, dice la autora, en las relaciones personales.

Un consejo de esta autora y del mismo Fromm es dejar nuestros juicios de lado y nunca (pero nunca, nunca) decirlos si no se pide nuestra opinión.

Si bien pensamos que lo que tenemos que decir es importante, y tal vez lo sea, es más importante que la persona que necesita hablar encuentre sus propias respuestas. Incluso, Ueland dice: “Es verdad que los que escuchan son mucho más queridos y atrayentes que los que hablan, son más eficaces, aprenden más y hacen más bien”.

Así pues, nos toca reflexionar en nuestra capacidad de escuchar y sobretodo valorar esta virtud silenciosa pero muy poderosa e importante en nuestras relaciones y en nuestro desarrollo personal.

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